Martes 06 de Diciembre del 2022
Notas y artículos

La Democracia en América

(A propósito de la encrucijada actual en los Estados Unidos de América)

Este fue el título famoso del libro de Alexis de Tocqueville (De la démocratie en Amérique) publicado en 1835 la primera parte y en 1840 la segunda. En este clásico el autor analiza los pros y contras del sistema democrático inaugurado en los Estados Unidos de América como consecuencia de su independencia en 1776. El pretexto fue espiar el sistema penitenciario americano en plena época del utilitarismo de Bentham expandido por Europa y América. No es un secreto que Tocqueville estaba fascinado por el modelo de democracia representativa de los estados de la unión americana inaugurando el tema de la llamada “democracia desde abajo,” o por legitimidad asociativa y consensuada fuera de intermediaciones nobiliarias o de tipo oligárquico como había sido el camino de la Europa latina y de la América hispano-lusitana. Hay dos prevenciones útiles de su texto sobre el futuro de la democracia y los peligros que, para la democracia podrían desatarse de la evolución política de los EE. UU. La primera prevención es el modelo censitario representativo de los Electores que podría desembocar en un despotismo democrático. Combinación un poco extraña pero que parece desvelarse ahora con gran actualidad. La segunda prevención tiene que ver con los orígenes religiosos del independentismo americano, único en su tipo, que en ocasiones hoy confundimos como estado confesional, pero no es realmente el caso. Tocqueville veía en la versión americana de la libertad, la justicia y la igualdad prolongaciones de un “awakening” de tufo cristiano, importante en las declaraciones críticas y preparatorias de la independencia de Thomas Payne. Pero captó muy bien que este movimiento fue laico porque no contaminó la orientación constitucional del Estado, sólo que de forma diferente al laicismo francés y al confesionalismo británico. La laicidad mexicana de la Constitución de 1857 también tendrá un signo diferente al de los Estados Unidos. El grito de la meritocracia tuvo su coste. Benjamin Franklin se quejaba de la tranquilidad mediocre de los americanos en los inicios del siglo XIX, pues al no haber aristocracia que perseguir, ni Rey a quien cortarle la cabeza, “we the people… in the pursuit of happiness” aceleró una igualdad de representación y de acceso al poder por encima de talentos y méritos, aunque éstos fueron ganando peso a lo largo del siglo. 

Gran libertad de discusión, pero las ideas circunscritas a círculos muy pequeños y reservados. Paradoja de la democracia americana que parece reflejarse hoy, de forma premonitoria por Tocqueville.  El modelo censitario, como sabemos, evolucionó en nuestro siglo XX y con mayor crudeza en lo que va del XXI, a un tipo de democracia plutocrática. Nuestro espía francés nos dejó una tarea: qué harán los pueblos del futuro con élites gobernantes poderosas (poderoso caballero Don Dinero diría Calderón de la Barca) y ciudadanos débiles, impotentes, o incapaces de crear corrientes de pensamiento y acción que les permitan controlar de manera contractual, los excesos del poder político. Basado en un modelo de check and balance, el sistema político americano es sin duda un modelo contractual mucho más eficiente que el sugerido por Locke para la Inglaterra parlamentaria. Pero el duopolio partidista parece ahogar otras opciones o alternativas políticas que no alcanzan a tener el suficiente soporte monetario para imponerse en un juego electoral donde los candidatos suelen ser bastante mediocres, sobre todo en una sociedad altamente asociativa con muchos cuadros intelectuales, científicos, artísticos y deportivos que fácilmente podrían competir en la disputa por el poder político. 

Durante más de doscientos años la democracia americana gozó de enorme prestigio internacional a pesar de sus complicaciones históricas (el pecado original de la esclavitud y la segregación racial, el puritanismo hipócrita de corte religioso, los asesinatos de presidentes en funciones, etc.), y en la encrucijada actual hay un entuerto difícilmente explicable por la pura ciencia política. Me explico amables lectores. La elección presidencial actual es sin duda histórica para el futuro de la democracia americana. Cerca del 70% del padrón electoral acudió a las urnas. No visto desde el inicio del siglo XX. Además, el candidato apostado para perder, el presidente Trump, puede terminar “perdiendo y ganando” al mismo tiempo. El repudio contra su actuación, que toda politología y sociología de la percepción anotaban, no fue tal, pues de acuerdo con Spencer Bokat del New York Times, los republicanos obtuvieron 10 millones más de votos que en la elección de 2016. Mas o menos 6 millones más de lo que obtuvo Hillary Clinton. Así que no sólo los White Americans salieron a votar por su candidatura, sino un sector importante de trabajadores y de clases pobres. ¿El fantasma de la mediocridad de Franklin? ¿La debilidad estructural del pueblo en Tocqueville? ¿O es el pueblo americano una suma de retardatarios? ¿Los pueblos se equivocan? Si como lo afirmara Abraham Lincoln en Gettysburg, la democracia es el poder del pueblo, con el pueblo y para el pueblo, entonces los pueblos nunca se equivocan cuando salen a sufragar. Hay un malestar de la cultura americana y, occidental, que acusa un cansancio de la democracia representativa aprisionada por el Dinero, los Medios, la Religión, las élites monopólicas y oligárquicas. Un poco más de la mitad de los votantes se decantaron por el menos malo, y la cuasi otra mitad por el malo. ¿Se equivocaron? Pues los datos económicos reflejan que, con dinero en la bolsa, o menos penurias para el consumo en tiempos de pandemia, el corazón contento sale a votar por lo único que realmente le importa a la democracia popular americana (y quizá a la del mundo occidental), tener crédito y cash para sostener un cada vez más difícil american way of living. Así, la pandemia no asustó a los electores, ni a los votantes del malo, pues por la simple y descarnada razón de que el darwinismo social tiene un costo de operación y de transacción más bajo que los beneficios en el corto plazo de los votantes. Remember the British economist Keynes… en el largo plazo todos estaremos muertos….

Terminamos esta reflexión sobre la Democracia en América resaltando la fuerza y la debilidad de un sistema bastante original que, de su futuro inmediato, podrá arrojar más luz o verdaderas tinieblas sobre la democracia mundial. La fuerza del resultado de la elección de hoy en los Estados Unidos estriba en que el país funciona y cada estado de la unión resuelve la garantía del respeto al voto de la mejor manera posible. Este modelo abarata los costos de la litigación de las imprecisiones o posibles fraudes. Manejar casi 144 millones de votos es algo que las democracias autoritarias, corporativas, parlamentarias, monárquicas o totalitarias difícilmente podrían tener y controlar. El sistema de electores es histórico porque así se forjó la unión americana, a base de electores por colonias y luego estados libres que inauguraron un federalismo original. Pagar impuestos, tener acceso a la propiedad, creación de riqueza y población cuentan en cada estado para determinar el número de electores que estarán presentes en el colegio electoral que nombrará al futuro presidente en diciembre. México evolucionó a un modelo indirecto a lo largo del siglo XIX hasta que la Constitución de 1917 nos recordó el modelo universal Napoleónico de la segunda república francesa. (Claro antes del golpe que inauguró el Segundo Imperio Francés de 1852, je, je) El sufragio universal ha sido la solución de muchas democracias electorales en el mundo occidental, pero rara vez los sufragistas juntan más del 50% de los votos del padrón electoral para legitimar una elección presidencial o de gobierno. En EE. UU. Votaron más del 50% de los votantes nominales, con lo que su actuación legitimó ampliamente el proceso. Los electores, por mayoría relativa, le están dando la victoria a Biden. Suena justo de las dos formas, por voto universal y por electores. No siempre ha sido así, como en 2016 donde Hillary Clinton superó por 4 millones de votos nominales a Trump pero perdió el voto de los electores. La democracia es histórica y se adapta al “espíritu de los pueblos”. La debilidad del sistema se anuncia en la complejidad del resultado. Litigar irregularidades es un asunto de cortes estatales y de abogados. Si hay cash, pagas y litigas. No Cash, No way! (salvo en los casos en que la diferencia de votos obliga al sistema electoral de cada estado a revisar los votos) Demostrar fraudes implica investigar al US Postal Service, a los sistemas de captura electrónica de votos de los 50 estados de la unión, caso por caso. Probar la infiltración de las grandes corporaciones plutocráticas y de capitalismo de amigos en uno y otro bando. 

De cualquier manera, el pueblo americano nos dio una lección. Salió organizado a votar a pesar de la pandemia, y está asociado para lo que venga. Tocqueville nos diría que en la democracia los contrapesos, los equilibrios, las costumbres y las actitudes cuentan para que ni las tentaciones oligárquicas y ni el despotismo de la mayoría nos lleven al callejón sin salida. Otro ciudadano francés, Pierre Rosanvallon vendría en pleno siglo XXI a proponer que la contra-democracia, entendida como el poder de control, vigilancia y de presión que los ciudadanos ejercen para monitorear al poder político permitirá estrategias de corrección sobre los elegidos, esto es, le da a la democracia una legitimidad mas allá de las urnas. 

“Cette contre-démocratie n’est pas le contraire de la démocratie; c’est plutôt la forme de démocratie qui contraire l’autre, la démocratie des pouvoirs indirects disséminés dans le corps social, la démocratie de la défiance organisée face a la démocratie de la legitimité électorale”

El riesgo latente será siempre que esta contra-democracia pueda opacar la voluntad popular expresada en el voto, por oponerse al voluntarismo que el autor llamaría populista, basado exclusivamente en la legitimidad de las mayorías. (despotismo popular diría Tocqueville) La moneda está en el aire y los mexicanos estamos obligados a conocer más de fondo la historia política americana sin el velo del masiosare, si de verdad queremos profundizar en una próspera sociedad de iguales.